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30.12.16

Los papeles de Panamá y la ética de la riqueza





ethics

Estallo el escándalo de Los Papeles de Panamá gracias a los periodistas del Consorcio Internacional de los Periodistas de Investigación quienes han tenido acceso a más de 11 millones de documentos financieros del prestigioso despacho de abogados panameño Mossack y Fonseca, una firma especializada en derecho comercial, servicios fiduciarios, asesoría de inversiones y estructuras internacionales con más de 40 oficinas en todo el mundo.
Este bufete y otros son verdaderas infraestructuras internacionales para ayudar a mandatarios, políticos, empresarios, artistas, deportistas de élite y traficantes, gente muy rica en definitiva, así como a grandes empresas, a esconder sus riquezas en cuentas bancarias, a lavar dinero y a establecer esquemas de evasión de impuestos lejos del control de los gobiernos y de las autoridades fiscales. Un plan perfecto para una élite selectiva fuera de cualquier control.
La indignación social ante tales revelaciones expresa hasta qué punto vivimos los ciudadanos de a pie engañados creyendo que la ley en un Estado de Derecho es igual para todos, que el fisco está vigilante con todo el mundo, tanto con el arrendador que alquila su piso sin declararlo como al multimillonario que no declara la totalidad de su fortuna, ni tampoco se muestra preocupado por seguir a los clientes de este tipo de despachos de abogados. Parece que a los gobiernos les preocupa más vigilar y seguir a los ciudadanos que a la pasta gansa.
Este escándalo de Panamá Papers, unido a otros muchos, como el Swissleaks o los casos de corrupción, el afán de acumular riqueza a cualquier precio, el lucro,… nace de una visión de la vida que lo reduce todo a la riqueza material, a la posesión de cuanto más cosas mejor, creando una cultura egoísta e insolidaria que está acabando con la misma esencia de vivir en sociedad y en igualdad, lo que por definición es un atentado contra la democracia y la convivencia.
La codicia y la avaricia no son vicios morales y espirituales que afectan únicamente a las personas que los padecen, sino que las consecuencias afectan también a toda la sociedad y de forma destructiva, pues la injusticia social y la insolidaridad generan odio entre los miembros de la sociedad, causa fundamental de las fracturas, divisiones y finalmente de inestabilidad e inseguridad e incluso en conflictos de grandes dimensiones, guerras civiles inclusive.
Las vías legales para perseguir toda evasión fiscal, blanqueo de dinero y corrupción son necesarias y tienen que encontrar mecanismos para impedir estructuras de la índole de Mossack y Fonseca; es evidente que la legislación actual no es suficiente, por no hablar de la complicidad, cuanto menos pasiva, de los gobiernos democráticos, (de los regímenes dictatoriales cuyos dirigentes y entornos que aparecen en estos papeles ni hace falta hablar).
Pero una revolución ética es más necesaria que nunca, la ley por sí sola no ataja el problema de raíz, pues la causa profunda es una cultura que rinde culto al dinero y no a la humanidad. Una cultura que exalta la opulencia, el lujo, el consumo desmesurado y el exhibicionismo no puede tener un largo recorrido.
El sagrado Corán habla de los conceptos de Taraf e Istikbar, que es ese estado de riqueza y opulencia unido al poder político, y advierte que cuando ambos se dan, la enajenación se apodera de la gente y la corrupción se expande junto con la injusticia y la insolidaridad, lo que sería un anuncio de la inevitable decadencia y la consiguiente desintegración de la sociedad y de la nación.
A este respecto, tenemos un excelente ejemplo en una historia en la que una mujer de una familia importante había robado, los Compañeros del Profeta Muhammad enviaron a Usama Ibn Zaid, un hombre muy querido por él, para interceder por la señora y no fuera castigada como dicta la ley; el Profeta Muhammad se enfadó tanto que se reprochó a él y a todos y dejó su declaración para la eternidad: “Lo que ha acabado con las naciones anteriores a la vuestra es que cuando robaba una persona débil le aplicaban el castigo y cuando lo hacía una persona noble le amnistiaban; por Aquél que tiene el alma de Muhammad en Su Mano, si Fátima hija de Muhammad robara le aplicaría la pena igualmente”. Al parecer, incluso en algunos países musulmanes, no hemos aprendido mucho.
En el mismo contexto, la máxima de Ibn Jaldún de la corrupción y la ruina de las naciones que deriva de la unión de los poderes político y económico no puede estar más de actualidad. Las voces que hoy exigen más transparencia, mejor reparto de riqueza y mayor democracia social son tachadas de radicales precisamente por aquellos que nos dicen que la crisis económica que ha segado la vida de mucha gente en forma de suicidios y ha arruinado a millones de familias se debe a que vivimos por encima de nuestras posibilidades, los mismos que evaden miles de millones de euros al fisco, y lo que no se sabe es, sin duda, infinitamente mayor.
La riqueza es lícita e incluso deseada siempre que sea producida, declarada, gestionada y gastada de forma lícita, lo cual exige obedecer a los valores de la justicia social y de la solidaridad, así como prevenir el despilfarro y el mal uso. El consumo responsable y la vida austera no se exige sólo a los pobres, sino que son valores de vida en sociedad que favorece la solidaridad.
Sin embargo, nuestros gobiernos hacen vista gorda sobre los paraísos fiscales, toleran la corrupción y no les hace asco cuando el dinero de los ricos de países pobres llega a sus bancos. En realidad, los grandes capitalistas son quienes mandan y la democracia no parece más que un simulacro cuyo objetivo es hacer creer a los ciudadanos que son libres y que la soberanía está en sus manos.
La élite rica se reproduce y ocupa todas las fuentes de poder sobre la sociedad, desde la economía a la cultura, pasando por los poderes político, mediático, legislativo y judicial, y lo que es peor, su maquinaria hace que los ciudadanos, pobres y no tan pobres, adopten su visión de la vida, una visión que legitima el egoísmo, la desigualdad y la injusticia social.
De ahí que la lucha contra esta corrupción moral y legal ha de ser a través de la educación sobre los valores humanos y la educación espiritual y moral, a través de la búsqueda de unos ideales que concilien la vida personal con la sociedad y el medio ambiente, pero también a través de leyes firmes y duras con los más ricos, pues a éstos no les importa la moral excepto para mentir a los ciudadanos, y sí temen las leyes y los gobernantes serios preocupados por sus sociedades. Hace tiempo que Uzmán ibn ‘Affán decía que la gente teme más la aplicación de la ley que a Dios.
De ahí que los ciudadanos tenemos un buen ejemplo a seguir en el pueblo islandés que ha puesto patitas en la calle a su primer ministro por aparecer en los Papeles de Panamá, tolerancia cero con la corrupción, con la evasión fiscal y con las amnistías a los amiguitos. Si los ciudadanos y la sociedad no reaccionan con rotundidad y se muestran intolerantes con estas prácticas, podemos dar por garantizado que las mismas no acabarán, o lo que es lo mismo, si dejamos a estos egoístas agujerear el barco, nos hundiremos todos.
Fuente: Los papeles de Panamá 

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